Días pasados se publicó un artículo que habla sobre el sistema de defensa de las patentes que desarrolló Steve Jobs y cómo ese sistema influyó en el negocio. Si bien, por un lado, sigue buscando explicaciones para el éxito de Apple como negocio a pesar de todas las críticas que se le hacen desde la ortodoxia empresaria y marketinera, por el otro toma un tema caro a las compañías (especialmente las de tecnología) que me hace acordar a un artículo que escribí allá por noviembre del 2009, llamado ¿Cuánta tecnología podemos absorber?. Ya vas a ver porqué asocié.

Este artículo intentó ser un comentario al paso. Pero a medida que lo iba escribiendo, nuevas ideas iban rondando mi cabeza. Por eso quedó como quedó. Son reflexiones, pero al paso, nada. En fin, el artículo que me inspiró salió publicado en Página|12 el martes pasado y lo escribió Mariano Blejman. Se llama El lado oscuro de la manzana y entre otras cosas, anotó: “El rol preponderante y de vanguardia de Apple se sostiene con un poderosísimo y por momentos absurdo sistema de patentes sobre el cual Jobs estuvo obsesionado durante toda su vida. Detrás de cada uno de sus inventos, Apple desplegó un ejército de abogados que fueron al frente por una batalla por el standard.”
Recordé otros conceptos que he escuchado y leído más de una vez, según los cuales sin un sistema de protección de la mal llamada propiedad intelectual (o sea, patentes, derechos de autor, copyright, etc.) no hubiese sido posible la innovación. Hay quienes postulan, además, que las leyes de protección de la propiedad intelectual han facilitado el acceso de la comunidad a las nuevas tecnologías.
Hagamos una simple operación deductiva, tomando como referencia a la historia, acerca de los argumentos que podrían sustentar lo que dijimos más arriba:

  • La cantidad de innovaciones significativas de este último siglo supera, y con creces, a la cantidad de tales que ha venido ocurriendo a lo largo de la historia. Eso incluye desde los motores a reacción hasta los cierres de seguridad de las valijas.
  • Esto es así porque desde hace unos 300 años existen leyes que tienden a proteger al “inventor”, “descubridor”, “desarrollador” (se considera que el Estatuto de Anna de Inglaterra de 1710 fue el primer régimen legal, según la Wikipedia) de estas innovaciones, mediando entre el interés del inventor de lucrar con su invento y el de la sociedad de disfrutar de sus ventajas.
  • La conclusión directa es que gracias al incentivo propuesto por los regímenes de propiedad intelectual, estos últimos 300 años han sido mucho más prolíficos en innovación tecnológica que los 1900 o 2000 años pasados.

Esta conclusión lineal es básicamente posible y bastante probable en una buena cantidad de casos. Pero creo que deja de lado unas cuantas variables:

  • Paralelamente a la aceleración del desarrollo tecnológico se gestó el crecimiento del capitalismo corporativo, es decir, cada vez menos un desarrollo o invento es propiedad de una persona y más de una empresa.
  • Casi todos los inventos, descubrimientos y creaciones (incluyendo las artísticas) son producidos por una persona o un grupo muy reducido de ellas. Lo que sucede a continuación es que una empresa u organización se apropia de esa innovación, ya sea por haberla financiado o por haber “comprado los derechos (o la licencia, o un equivalente)”.
  • A resultas de esto la que obtiene el monopolio de la comercialización o monetización del invento es la empresa u organización, quien sólo le cede al verdadero inventor un pequeño porcentaje.
  • A medida que una compañía crece, se hace necesario aumentar el ingreso de fondos para soportar una estructura en crecimiento. Eso hace que sea necesario vender más productos.
  • Una de las formas de incrementar la venta es crear productos nuevos que vayan reemplazando a los viejos: la llamada “obsolescencia planificada

La competencia y la necesidad creciente de ganancias hacen que los períodos entre un modelo de producto y otro (o una versión y su actualización) se acorten, ingresando en una vertiginosa carrera que genera un círculo más vicioso que virtuoso: se presiona a los inventores y desarrolladores a que inventen y desarrollen más rápido y a los responsables de marketing, que creen (de crear, no de creer) en el consumidor la necesidad del nuevo producto (hay quienes aseguran que el marketing te da a conocer un producto que no sabías que existía para una necesidad que no sabías que tenías).
Así, una ley artificial, impuesta de manera artificial (como la Ley de Moore, por ejemplo) se convierte en un arma de doble filo. Por un lado te impulsa a innovar cada equis cantidad de tiempo, pero por el otro, te deja mal parado si no llegás…
Entonces ¿qué tiene que ver esto con las patentes? Que en realidad, lo que las leyes de propiedad intelectual protegen no es al inventor, desarrollador o creador, sino a la industria que florece a partir de ese invento, desarrollo o creación. Quien patenta primero tiene una ventaja competitiva, puede “llegar primero” a cumplir la ley (una ley, repito, artificial) y, sobre todo, tiene algo que el competidor no tiene y, por lo tanto, posee una ventaja. Por eso una manera de rankear y promocionar a las compañías es por la cantidad de patentes que tienen registradas.
Claro, para proteger esta “protección”, como lo señala Blejman, hace falta “un ejército de abogados que defiende cada pequeña idea en cualquier rincón del planeta”, con lo cual, los costos de producción aumentan exponencialmente. O sea, a los costos naturales de producción (materiales, mano de obra, etc.) hay que agregarles los honorarios de los abogados (habitualmente cotizados en cientos de miles de dólares) más los tiempos de litigio, en caso de haberlos.
Pero, de nuevo, lo que se pone en juego en el fondo, es nuestra capacidad de adaptarnos a las innovaciones como para comprarlas cada vez que se renuevan.
Rosalind Williams en su libro Cultura y cambio tecnológico: el MIT (citada por Hugo Pardo Kuklinski en su sitio MateriaBiz) dice “No podemos seguir produciendo innovaciones sin prestar atención a nuestra capacidad de convivencia con los cambios que producimos. Esto no significa dejar de innovar, sino redirigir esta innovación hacia el principal reto de nuestros tiempos: organizar un mundo tecnológico en el que podamos vivir
Y eso es, en definitiva, a lo que me refiero cuando me pregunto si estamos preparados —o adaptados— a una mejora continua. Y mi respuesta primera es “no”. Porque no todos adquirimos nuevos conceptos (como los que requiere nueva tecnología) a la misma velocidad, porque no todos tenemos el mismo interés en la misma innovación y porque deberíamos poder resistirnos a las imposiciones de un mercado que, por más que diga responder a las necesidades de los consumidores, en realidad está programado para cubrir las exigencias de ganancias de las empresas.
Y las actuales leyes de propiedad intelectual forman parte, precisamente, de los fundamentos para que esta situación no sólo persista sino que se profundice.
En síntesis, las actuales leyes de propiedad intelectual sólo sirven para proteger y estimular el negocio de las empresas. Proteger al creador es sólo una excusa.

Por Ricardog

Periodista científico especializado en tecnología. Médico en retiro efectivo.

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